domingo, 17 de junio de 2012

Autobiografia



Olor a infancia

Lo poco que recuerdo de mi infancia, se remonta a ese pequeño pueblo de calles empinadas San Gil. Nací allí en el Hospital San Juan, según información de mis padres. Entre semana, mis días se agitaban desde muy temprano con el grito de mi madre tratando de despertarme, yo aferrada a mi almohada, con el brazo jalaba mi cobija hasta mi cabeza tratando de esquivar esos sonidos que interrumpían mi dulce sueño. Mi lucha era en vano, mi madre entraba al cuarto quitando la única protección que tenía dejando mi cuerpo desprotegido y en todo su esplendor para recibir esa corriente de aire mañanero que sube desde la punta de los dedos hasta la raíz de mi cabello, logrando erizar mi piel. Me restregaba los ojos, bostezaba sin parar, cogía la toalla y caminaba como un ente hasta el baño; contando tres, dos, uno metía mi pie para probar la temperatura del agua, saltaba un poco para calentarme y el conteo volvía, ahora el reto era meterme poco a poco en ese chorro de agua que arrancaría cualquier indicio de pereza de mi cuerpo. Al lograr tal cometido salía, corría a mi cuarto creyendo que así evitaría el aire que circundaba entre el espacio de mi cuarto al baño. Cerraba la puerta dejando caer levemente la toalla, siendo ahora toda una Eva me preparaba para ponerme el uniforme que me identificaba como una más del grupo de niñas que asistía al colegio. Mi progenitora lo tenía todo preparado, camisa blanca perfectamente planchada, falda más abajo de la rodilla, medias blancas y zapatos relucientes, donde me podía ver hasta la ropa interior.
Uniforme Colegio cooperativo 
Una vez más escuchaba aquel grito “El desayuno está servido, muévase que es tarde”, me sentaba en el comedor con el mismo impulso del lobo en aquel cuento de los cerditos a intentar enfriar aquel café con leche, me embutía todo en la boca sin saborear realmente los alimentos, sonaba el pito del transporte. Luz Mila aún recuerdo el nombre de la conductora que el Día de los Niños nos regalaba una colombina, como esas con las que sale la Chilindrina en el Chavo, de miles de colores y sabores. Yo corría lavándome la boca mientras mi madre me ponía el morral y me daba la lonchera.
 
La ruta de casa a colegio era la misma de todos los días, mis compañeros hablaban y hablaban mientras yo por la ventana contaba las cuadras. Logrado el cometido, llegaba al colegio, entraba a clase, éste mi primer colegio del cual les hablaré, era un poco descolorido, aburrido sin tanta decoración como en los otros en los cuales estudie; uno en particular, llamado La María Auxiliadora en Piedecuesta a donde nos iríamos a vivir años más tarde, allí curse los grados tercero hasta quinto tenía una virgen en el patio donde todos los días formábamos cantábamos y orábamos después de escuchar a la coordinadora que nos enviaba por cursos a su respectivo salón. Me sentaba en aquel pupitre color verde el cual abríamos para guardar materiales, este lo compartía con alguna compañera dado que eran para dos personas, años más tarde fueron de color café e individual. Volviendo a mi primera escuela, donde hice jardín A y jardín B llamado, La Presentación, ahora entiendo el nombre, molestaban mucho por la presentación personal, no faltaban los días en que nos revisaban hasta la cabeza por si alguno tenía acompañantes en su cabellera.
 
Al empezar el grado primero pase a otro colegio llamado El Cooperativo este me gustaba un poco más teníamos un salón de juegos donde pasábamos los minutos del descanso, recuerdo como si fuera ayer un pozo en donde habían muchos pescados con vegetación, el cual observaba por mucho tiempo.
 

Ahora dejando a un lado las horas que pasaba en el colegio recuerdo las horas jugando en mi cuadra múltiples juegos ponchao’, a la mamá y el papá, al colegio; la mayor de la cuadra era la profesora el resto hacíamos de estudiantes; montaba patines, bueno solo uno, mi vecina tenía un par y lo compartíamos, aprendimos con patines de cuatro ruedas luego llegaron los de línea, el vecino compro un par a mi amiga Alejandra y a su hermano, el poco los utilizaba así que me los prestaba y así montábamos por toda la cuadra, también montaba cicla cosa que ya no puedo hacer ya que mi madre me prohibió volver a montarme a una después de una pequeña caída que tuve.
 
Recuerdo muy poco los nombres de mis amigos pero eran muchos, los cuales vivían en mi cuadra y sus alrededores, mi madre acostumbraba a hacer fiestas de cumpleaños recuerdo una que le hizo a mi hermana donde asistieron todos mis y sus amigos. Algo que también recuerdo muy bien de mi infancia, era mi madre y sus ganas inmensas de disfrazarnos todos los 31 de octubre, fui campesina, gata, japonesa y demás que ya no recuerdo.
 
 
A los 8 años, nos mudamos de pueblo y nos fuimos a vivir a Piedecuesta, allí continué mis estudios como mencione anteriormente en el Colegio María Auxiliadora, pronto mis hermanos también ingresaron al mismo colegio, donde como hermana mayor me tocaba proteger de los abusos de otros niños. En este pueblo hice pocos amigos, acostumbraba a estar en casa y salía de allí para ir al colegio, y en vacaciones me iba a disfrutar de una finca que mi abuela tenía en Ruitoque, donde nos reuníamos todos para compartir en la piscina y otros espacios de la finca. Termine mi primaria, me presente a un colegio llamado Centro Femenino de Comercio, que de por cierto años más tarde se convertiría en mixto, pasé el examen he ingrese a continuar mis estudios, allí hice grandes amistades las cuales han desaparecido.
 
Mi padre siempre ha sido conductor de carrotanque, así que los fines de semana lo acompañaba en sus rutas, enamorándome cada día más de esos hermosos paisajes, conocí el nombrado Ombligo de Colombia. Un año viví en este sitio, mi padre perdió el contrato con la empresa así que decidieron volver a Piedecuesta. Allí tuve que volver a cursar el grado séptimo ya que en el que colegio donde había estudiado en mi estadía en los llanos no contaba con estudios de mecanografía y otros referentes  del secretariado.

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