Olor a infancia
Lo poco que recuerdo de mi infancia, se remonta a ese pequeño pueblo de
calles empinadas San Gil. Nací allí en el Hospital San Juan, según información
de mis padres. Entre semana, mis días se agitaban desde muy temprano con el
grito de mi madre tratando de despertarme, yo aferrada a mi almohada, con el
brazo jalaba mi cobija hasta mi cabeza tratando de esquivar esos sonidos que
interrumpían mi dulce sueño. Mi lucha era en vano, mi madre entraba al cuarto
quitando la única protección que tenía dejando mi cuerpo desprotegido y en todo
su esplendor para recibir esa corriente de aire mañanero que sube desde la
punta de los dedos hasta la raíz de mi cabello, logrando erizar mi piel. Me restregaba
los ojos, bostezaba sin parar, cogía la toalla y caminaba como un ente hasta el
baño; contando tres, dos, uno metía mi pie para probar la temperatura del agua,
saltaba un poco para calentarme y el conteo volvía, ahora el reto era meterme
poco a poco en ese chorro de agua que arrancaría cualquier indicio de pereza de
mi cuerpo. Al lograr tal cometido salía, corría a mi cuarto creyendo que así
evitaría el aire que circundaba entre el espacio de mi cuarto al baño. Cerraba
la puerta dejando caer levemente la toalla, siendo ahora toda una Eva me
preparaba para ponerme el uniforme que me identificaba como una más del grupo
de niñas que asistía al colegio. Mi progenitora lo tenía todo preparado, camisa
blanca perfectamente planchada, falda más abajo de la rodilla, medias blancas y
zapatos relucientes, donde me podía ver hasta la ropa interior.
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| Uniforme Colegio cooperativo |
Una vez más escuchaba aquel grito “El desayuno está servido, muévase que
es tarde”, me sentaba en el comedor con el mismo impulso del lobo en aquel
cuento de los cerditos a intentar enfriar aquel café con leche, me embutía todo
en la boca sin saborear realmente los alimentos, sonaba el pito del transporte.
Luz Mila aún recuerdo el nombre de la conductora que el Día de los Niños nos
regalaba una colombina, como esas con las que sale la Chilindrina en el Chavo,
de miles de colores y sabores. Yo corría lavándome la boca mientras mi madre me
ponía el morral y me daba la lonchera.
La ruta de casa a colegio era la misma de todos los días, mis compañeros
hablaban y hablaban mientras yo por la ventana contaba las cuadras. Logrado el
cometido, llegaba al colegio, entraba a clase, éste mi primer colegio del cual
les hablaré, era un poco descolorido, aburrido sin tanta decoración como en los
otros en los cuales estudie; uno en particular, llamado La María Auxiliadora en
Piedecuesta a donde nos iríamos a vivir años más tarde, allí curse los grados
tercero hasta quinto tenía una virgen en el patio donde todos los días
formábamos cantábamos y orábamos después de escuchar a la coordinadora que nos
enviaba por cursos a su respectivo salón. Me sentaba en aquel pupitre color
verde el cual abríamos para guardar materiales, este lo compartía con alguna
compañera dado que eran para dos personas, años más tarde fueron de color café
e individual. Volviendo a mi primera escuela, donde hice jardín A y jardín B
llamado, La Presentación, ahora entiendo el nombre, molestaban mucho por la
presentación personal, no faltaban los días en que nos revisaban hasta la
cabeza por si alguno tenía acompañantes en su cabellera.
Al empezar el grado primero pase a otro colegio llamado El Cooperativo
este me gustaba un poco más teníamos un salón de juegos donde pasábamos los
minutos del descanso, recuerdo como si fuera ayer un pozo en donde habían
muchos pescados con vegetación, el cual observaba por mucho tiempo.
Ahora dejando a un lado las horas que pasaba en el colegio recuerdo las
horas jugando en mi cuadra múltiples juegos ponchao’, a la mamá y el papá, al
colegio; la mayor de la cuadra era la profesora el resto hacíamos de
estudiantes; montaba patines, bueno solo uno, mi vecina tenía un par y lo
compartíamos, aprendimos con patines de cuatro ruedas luego llegaron los de
línea, el vecino compro un par a mi amiga Alejandra y a su hermano, el poco los
utilizaba así que me los prestaba y así montábamos por toda la cuadra, también
montaba cicla cosa que ya no puedo hacer ya que mi madre me prohibió volver a
montarme a una después de una pequeña caída que tuve.
Recuerdo muy poco los nombres de mis amigos pero eran muchos, los cuales
vivían en mi cuadra y sus alrededores, mi madre acostumbraba a hacer fiestas de
cumpleaños recuerdo una que le hizo a mi hermana donde asistieron todos mis y
sus amigos. Algo que también recuerdo muy bien de mi infancia, era mi madre y
sus ganas inmensas de disfrazarnos todos los 31 de octubre, fui campesina,
gata, japonesa y demás que ya no recuerdo.
A los 8 años, nos mudamos de pueblo y nos fuimos a vivir a Piedecuesta,
allí continué mis estudios como mencione anteriormente en el Colegio María
Auxiliadora, pronto mis hermanos también ingresaron al mismo colegio, donde
como hermana mayor me tocaba proteger de los abusos de otros niños. En este
pueblo hice pocos amigos, acostumbraba a estar en casa y salía de allí para ir
al colegio, y en vacaciones me iba a disfrutar de una finca que mi abuela tenía
en Ruitoque, donde nos reuníamos todos para compartir en la piscina y otros
espacios de la finca. Termine mi primaria, me presente a un colegio llamado
Centro Femenino de Comercio, que de por cierto años más tarde se convertiría en
mixto, pasé el examen he ingrese a continuar mis estudios, allí hice grandes
amistades las cuales han desaparecido.
Mi padre siempre ha sido conductor de carrotanque, así que los fines de
semana lo acompañaba en sus rutas, enamorándome cada día más de esos hermosos
paisajes, conocí el nombrado Ombligo de Colombia. Un año viví en este sitio, mi
padre perdió el contrato con la empresa así que decidieron volver a
Piedecuesta. Allí tuve que volver a cursar el grado séptimo ya que en el que
colegio donde había estudiado en mi estadía en los llanos no contaba con
estudios de mecanografía y otros referentes
del secretariado.



:')
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