domingo, 27 de enero de 2013

Crónica de una vida rutinaria




Tres líneas horizontales color canela que separan abultadas porciones de piel, sus brazos con músculos flácidos, que unos años atrás fueron duros,  una gran protuberancia en su estomago –característica de la mayoría de conductores- consecuencia de alimentarse y seguir sentados todo el día, cejas pobladas, cabellos con ciertos visos blancos, un bronceado tal vez deseado por cualquier joven de hoy, pero solo referente al color ya que el de él se divisaba en diferentes partes del cuerpo como un degrade, donde brazos, cuello y pecho tienen las tonalidades más fuertes.

Su piel arrugada signo de haber pasado por muchos días al sol, noches al frío, horas de abundante agua y años enteros de mucha experiencia y vivencias. Adornado con una camisetilla de color rojo con negro, una bermuda de jean sostenida por una correa-de las cuales se usaban antes- de cuero con una gran pretina de metal, de esas que ya no se fabrican, al lado derecho del cinturón un forro para poner sus dos celulares uno de Comcel y el otro de Movistar, al lado izquierdo otro forro en el cual mete sus gafas debidamente introducidas con anterioridad en una bolsita de tela roja, como de lanilla.

En la mano derecha sostiene esa taza de café que acostumbra tomar en horas de la tarde, esta vez como otras tantas yo le hice el café, la formula se volvió memorística ya nada de probar haber cómo queda, poner la olleta con agua, ahora sin panela- la diabetes le quito ese goce de lo dulce- y dos cucharadas de café.

 Esta vez la charla se tornaría un tanto formal, “tengo que buscar la manera de interrogar sin que se de cuenta de mi verdadero fin” me repetía una y otra vez antes de empezar a romper el hielo con aquella persona que me dio la vida y la cual comparte unos cuantos momentos con su familia, cada vez que su trabajo se lo permite.

Para romper el hielo fue necesario el café, y decidir en qué momento era pertinente hacer preguntas, una tía sentada a su derecha, contándole los últimos pormenores acerca de la enfermedad descubierta hace poco de mi tío, mi madre terminando de arreglar una masa para aquellas arepas que muy rara vez veo, ya que “no hay tiempo de hacerlas” según dice ella. Mis hermanos, una pegada como un ente al computador y  el otro al televisor, me doy cuenta de su vivencia gracias a que respiran y pestañean de vez en cuando.

Volviendo a mi mente difusa creo que ya dejare de tantos rodeos me digo mirando fijamente a mi padre,  empiezo a interrogar sus orígenes ya que nunca lo había hecho, en fin ¿papi en dónde nació? “no sé donde nací, el registro dice que fui bautizado en Curiti pero jumm como me crié entre Sangil y Aratoca viajando con mi tío Rogelio, sin mamá y sin papá ni supe, a ese lo fui a conocer una vez que fui a visitarlo a Bogotá ya cuando yo era un bolsón como a los 22, me saludó por una rendija de la puerta, ya vivía con otra señora y tenía otros hijos, bueno sus tíos que  hace poco conocí”. Pensé cinco minutos en que tal vez el haber crecido de viaje en viaje había destinado a mi padre en su posible oficio.  Bueno y mi nona, “esa se vino a vivir a Piedecuesta y me dejó tirado a mí y a mi hermana Cecilia, pues mi tío nos crío, aunque a mí me la tenia montada, veía la carne una vez al mes lo mismo los huevos en cambio a Cecilia sí se la pasaba comiendo todo eso mientras yo a punta de mazamorra”.

¿Y por qué termino manejando? “Pues eso trabajé en todo un poco fui panadero,  espale tabaco, tejí sacos de fique- ya que su abuela lo hilaba- , también intenté ser agricultor pero la única cosecha que saqué fue una de tabaco. Ya lo de manejar fue porque mi tío me enseñó cuando tenía como 16 años pero  él que me explicó todo bien fue un señor llamado Pedro ese ya debe de venir de regreso, y me metí a trabajar en eso porque tocó no había más. Y pues la primer vez que me fui a manejarle a un señor le dije “no sé dar reversa” y me respondió que él me mandaba era a manejar de pa’delante no de pa’trás entonces así me toco irme con el viaje, y en el lado donde descargaba como era un terreno grande y plano pues me puse a practicar y así aprendí a dar reversa”. 

¿Y siempre ha manejado mula o manejó otros carros? “Pues eso manejé una camioneta modelo 46, una volqueta modelo 53, un camión, una piragua, un tanque al que le llamaban parchejo, un doble troque, una maco, una Ford eso de todo un poco con 48 años manejando y con tantos patrones por los que pasé, trabajé para un señor de nombre Belarmin, a don Isaias soler con el trabajé 13 años, con Jesús Gonzales, con el tuerto corzo, no recuerdo el nombre pero así le decíamos, con otro viejo que no recuerdo cómo se llamaba que tenía una pata picha no se hacía aseo, con Reinaldo un tipo de Cotrasur, con don Eduardo Silva y por último con don Jorge Silva el hijo, con ese ya llevo 23 años.

Proseguía mi padre nombrando uno tras otro patrón, mientras tomaba a grandes sorbos  el café caliente que le había servido, la conversación se dispersó del punto central, gracias a las discusiones de pareja que no faltan, mi madre llevándole la contraria a mi padre.

Para retomar el tema le pregunté que si le gustaba lo que hacía, él con una mirada de satisfacción -sin responderme aun ya sabía la respuesta que entonarían sus labios- respondió “pues al principio no me gustaba pero después me pareció bonito eso de conocer diferentes lados jumm eso he ido a la Guajira, eso es un peladero no me gusto de a mucho, me gusto Cali porque Cali es Cali lo demás es loma, Medellín, Cartagena jumm mejor dicho a donde no he ido, como eso trasporte de todo un poco agua, azúcar, cal, piedra y asfalto, trabajé en Copetran y para la transportadora de mina y minerales de Cúcuta, en una ida de esas a Medellín fue que me atracaron tres veces seguidas, otra vez me salió la guerrilla y pues a uno le tocaba hacer lo que ellos quisieran porque lo humillaban a uno con esas armas y uno sin nada con que defenderse”.

Como por lo general mi padre no cuenta sus vivencias sin que toque sacarlas con muchos cuestionamientos, me atreví a recordarle un accidente de trabajo, para que me contara otros de los cuales no tenía mucha información.

Una llamada  desequilibró los ánimos de los que estaban ese día en casa, mi madre contestó y empezó a llorar sin decir nada, un corrientazo pasó por todo mi cuerpo, pensé lo peor pero la incertidumbre se difuminó cuando por fin mi madre me contó lo sucedido. “su papá está en la clínica, se quemo con asfalto, por evitar que  se estallara el tanque de la mula” unos días después mi padre me contó lo que había sucedido con mayor detalle “llegue a descargar el viaje y el joven que pone la manguera para que el asfalto salga lo puso al contrario, es decir para que echara más asfalto a la mula, en vez de sacarlo,  yo confiado me fui a lavarme la cara y las manos mientras esperaba, el joven que puso la manguera se fue a dizque una reunión que tenían en ese momento todos los trabajadores de la empresa, y salí a mirar porque empezó a sonar algo raro, cuando mire pa’rriba del tanque eso echaba asfalto por encima, entonces salí corriendo haber que pasaba y era que el tanque se iba a estallar y lo que sonaba era que se estaba reventando por dentro la fibra de vidrio, entonces espiche el botón y quite la manguera de rapidez y ahí fue cuando me cayó eso encima, eso del susto ni sentí dolor, después salió toda la gente y me llevaron a la clínica, allá me quitaron la ropa con todo y cuero, porque el asfalto se me pego al cuero con todo y ropa.  Y bueno después curaciones esa joda sí fue feo le pelan a uno como si estuvieran raspando carrasco”

“Otro accidente feo uno en que por esquivar a un viejo bruto me fui en un hueco, en ese me hospitalizaron y hasta me quedaron tuercas en la frente, una vez su mamá tocándome la cara sintió algo raro y era una tuerca entonces me la saco con una cuchilla.  Y he tenido otros pero no fueron graves”

Tratando de recordar sólo me acordaba del primero narrado, el segundo pasó cuando era muy chica y entre juegos uno no se daba cuenta de mucho,  sin tener algo planeado no sabía que más preguntar así que vino a mi mente preguntarle si había visto cosas raras en todos esos años de trabajo y su respuesta fue un poco desalentadora, ya que esperaba historias fantásticas “Una noche vi una bola de fuego en los llanos, y en pescadero vi un carro que venía me quede esperando que pasará y nunca pasó después mire hacia abajo y allá iba de resto nada más, aaaaaaa y una vez vi algo que nunca pensé ver dizque un chulo blanco y era el que mandaba porque mientras ese comía no llegaban los otros, cuando ese se fue ahí si llegaron los otros”

Pocos sucesos para tantos años entre líneas blancas y amarillas, entre señales de tránsito, restaurantes, casas, árboles, carros de muchos colores, marcas y formas, en fin mi padre no quiso contar nada más así que para terminar me remonté al último viaje en que lo acompañé. Cuando pequeña acostumbraba a acompañarlo a viajes cortos por ejemplo a esos que hacía cuando vivimos en los llanos, teníamos que madrugar para salir a las cuatro de la mañana, era hermoso ver tantos animales al salir en la madrugada mientras de fondo se veían cuadros de diferentes tonalidades de verde y la carretera de color amarillo, que al pasar la mula creaba una gran nube de polvo detrás de nosotros.

En el último viaje decidí animar a mi primo a que fuéramos a viajar ya que andábamos en vacaciones así que animados y a la expectativa de hacer algo diferente, a estar en la casa echados mirando televisión le comente a mi madre quien le dijo a mi padre que nos llevase en el próximo viaje, alistamos la ropa de llevar, solo dos mudas ya que el viaje era solo de dos días, la verdad ya no recuerdo a donde fuimos,  pero subidos en la mula empezamos el recorrido.

 Carretera y más carretera era lo que se divisaba, parábamos a almorzar y a comer, la noche que dormimos fuera nos quedamos en un hotel en cuya habitación tenía más pinta de motel que de hotel familiar, un ventilador pequeño en el techo,  cama de cemento con un colchón encima, un baño y un televisor.  Pasadas las horas de viaje llegamos a casa con la ropa llena de grasa sin haber hecho nada más que estar sentados mirando por la ventana mientras mi padre manejaba. Un poco tristes al saber que la aventura no había sido la que esperábamos y que también volvíamos a la rutina de estar en casa, pero al pensar en la posición de mi padre ante cada viaje me dije “para él también es una rutina más vivir viajando” pero con una gran diferencia, conocerá cosas nuevas.

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